"Levanten la cabeza porque está por llegarles la liberación.

A ti, Señor, elevo mi alma" (Sal 25, 1). El Adviento es un tiempo espiritual y litúrgico muy especial: es una aspiración hacia Dios, hacia Cristo. Es un ardiente y profundo anhelo de redención. Necesitamos que la Gracia de Dios cambie nuestros corazones; siempre seguimos corriendo el peligro de pecar, de menospreciar la santidad, de ser presa de nuestros instintos y del hombre viejo, lleno de vicios y desórdenes.

Tenemos peligro de ver las cosas de un modo puramente terrenal, olvidándonos del destino del cielo.

Podemos tomar un camino equivocado que nos aparta de Dios. ¿Qué nos puede librar de este cuerpo de muerte? ¿Quién podrá prestarnos un apoyo seguro contra esta posibilidad y este peligro, contra las seducciones del mundo y de la carne, contra el tiránico poder de nuestro amor propio y de nuestro egoísmo? ¿Quién podrá ampararnos contra la desgracia de pecar, de menospreciar la gracia, de ahogarnos y de perder a Dios? No ciertamente nuestra propia capacidad, ni nuestro propio esfuerzo o nuestra propia voluntad, sino solo la Gracia divina. Únicamente en el Señor está nuestra Salvación.

"Ya es hora que despertemos" (cfr. Rm 13, 11). El Adviento significa un decidido apartamiento del pecado y una vuelta al Amor de Dios manifestado en Cristo. Propongámonos en este tiempo la penitencia y expiación de nuestros pecados e infidelidades. Luchemos contra la lujuria y la maldad, contra la apatía y la tibieza. Adviento es purificarnos y convertirnos del espíritu mundano, de la disipación, la vida cómoda, el pensar y obrar puramente materiales, el no enfocar hacia Dios todas nuestras intenciones, toda nuestra conducta. En una palabra, Adviento es limpiar nuestras almas de toda imperfección, preparando el camino del Señor.

No dejemos pasar este tiempo tan privilegiado de gracia y santidad. Cuando vayamos a celebrar este primer domingo de Adviento en la Eucaristía, que no estemos distraídos al llamado divino. Él nos dice: "He aquí que estoy en la puerta y llamo" (Ap 3, 20). Ojalá escuchemos la voz de Dios y no endurezcamos nuestro corazón. Los primitivos cristianos santificaban el Adviento con abstinencias, ayunos y frecuentes oraciones. Nosotros queremos seguir sus huellas y recibir a las santas fiestas navideñas haciendo penitencia.

Reflexionemos

Corazones nuevos necesitan nuestras sociedades. Tan solo cambiando el interior de nuestras vidas podemos transformar el mundo.

Abrámonos a la gracia de Dios y no cerremos las puertas al Redentor.